Cuentos Completos (Volumen 6) by Philip K. Dick

Cuentos Completos (Volumen 6) by Philip K. Dick

Author:Philip K. Dick
Language: es
Format: mobi
Tags: Narrativa, Ciencia-Ficción
Published: 2009-07-15T22:00:00+00:00


Desde la oficina de los mutantes, con su mullida alfombra de pelusa de escarabajo de Titán, Tito Cravelli llamó por videófono a Jim Briskin, al Galt Plaza Hotel de Chicago.

—¿Cómo está? ¿Bien? —le preguntó.

Una de las enfermeras del Satélite Salón de los Placeres procuraba en vano curar al gemelo herido que trabajaba en silencio bajo la vigilancia de Cravelli, que sostenía su rifle láser, y de Francy que estaba junto a la puerta con una pistola que Tito había encontrado en el escritorio de los mutantes.

—Estoy perfectamente bien —respondió Briskin sorprendido.

Era evidente que podía ver a George Walt detrás de Cravelli.

Tito dijo:

—He cogido a una serpiente por la cola y no puedo dejarla escapar. ¿Se le ocurre alguna sugerencia? He evitado que le asesinaran pero, ¿cómo diablos voy a salir de aquí?

Había comenzado a preocuparse.

Después de meditarlo. Briskin contestó:

—Puedo llamar a la policía de Chicago...

—Olvídelo. No vendrían —observó Cravelli— no tienen jurisdicción aquí arriba; se ha comprobado cientos de veces: esto no forma parte de los Estados Unidos..., ni hablar, pues, de Chicago.

Briskin declaró:

—Está bien. Puedo enviar algunos voluntarios del partido para que le ayuden. Irán donde yo les diga. Tenemos algunos que vienen de enfrentarse con la gente de Engel en las calles; ellos sabrán qué hacer.

—Eso es más razonable —comentó Cravelli, aliviado.

Pero su estómago aún le estaba atormentando; apenas podía soportar el dolor y se preguntaba si habría algún modo de obtener un vaso de leche.

—La tensión me está venciendo —agregó—. Y no he podido cenar. Tendrán que venir muy pronto o, francamente, no resistiré. He pensado sacar a George Walt del Satélite, pero temo no poder llegar hasta la plataforma de despegue. Tendríamos que pasar a través de demasiados empleados del Salón de los Placeres.

—Está usted exactamente sobre Nueva York —informó Jim Briskin—. De modo que no llevará mucho tiempo mandarle la gente. ¿Cuántos quiere que vayan?

—Por lo menos un autobús completo. De hecho, todos los que pueda mandar. No querrá perder a su futuro Secretario de Justicia, ¿verdad?

—No especialmente.

Briskin parecía tranquilo, pero sus negros ojos brillaban intensamente. Tirando con suavidad de su gran bigote, reflexionó sobre la situación.

—Creo que yo también iré —anunció.

—Por qué?

—Para asegurarme de que usted se salve.

—Como usted quiera —advirtió Tito—. Pero no se lo aconsejo. Las cosas están un poco peligrosas por aquí. ¿Conoce alguna muchacha del Satélite que pueda guiarle hasta la oficina de George Walt?

—No —repuso Briskin y, al momento, cambiando de expresión, corrigió—: Aguarde. Conozco una. Hoy estaba aquí, en Chicago, pero tal vez haya vuelto subir.

—Es probable —opinó Cravelli—. Revolotean de aquí para allá como luciérnagas. Corra el riesgo si le parece. Le veré luego. Y cuídese.

Dicho esto, colgó.



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